Seúl es una ciudad de casi 24 millones de personas fundada en el siglo X antes de cristo. La ciudad es un ser vivo lleno de contradicciones y contrastes que la convierten en una metáfora moderna de lo que Baumann llama la “sociedad líquida” representativa del siglo XXI. Esta es una comunidad en la que la identidad se encuentra en constante cambio, generando en ocasiones certidumbres pero también un grado mayor de ansiedad e inseguridad en sus habitantes.

Ya el filósofo surcoreano Byung-Chul Han nos habla de una ‘sociedad de la transparencia’ en nuestra realidad contemporánea. Una sociedad en la que el secreto, la confianza y la privacidad van desapareciendo en favor de la publicidad y la pornografía. Una sociedad de mercado donde los ciudadanos a través del ´big data´ se han convertido en mercancías de forma voluntaria pero inconsciente. Un sistema que impone una obligación casi sagrada de desnudez a través de las redes sociales y donde la privacidad y el secreto se ven con recelo y crítica.

Seúl es un preciso reflejo de una sociedad liberal y democrática de consumidores tecnológicos que habitan una arquitectura moderna y vanguardista cohesionada con una ética competitiva e individualista heredera de la presencia occidental. Y al mismo tiempo, sigue siendo una comunidad anclada en los valores tradicionales conservadores heredados del confucianismo y el budismo con raíces chamánicas que fomentan el respeto a la naturaleza, la familia, la privacidad y el sentido de pertenencia. Quizá un contraste no muy diferente de aquel Nueva York que se encontró Berenice Abbot en plena transformación de la sociedad preindustrial a la modernidad.

La metrópoli como espejo distorsionado de esta dicotomía, a veces en armonía y la mayoría de ocasiones en conflicto.